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Historia del cine mexicano
Para
la década de los 20, Hollywood se había impuesto al resto de las
cinematografías del mundo, inclusive sobre las otrora poderosas
industrias italiana y francesa. Concebido a partir de grandes figuras
como Chaplin, Mary Pickford, Douglas Fairbanks o Clara Bow, el star system
hollywoodense se constituyó como una garantía de éxito para los
productores y exhibidores estadunidenses y como un instrumento de
demoledora expansión en los diversos mercados del planeta. "Mientras
Hollywood realizó en los años veinte un promedio anual de 660
largometrajes (...) el cine mudo nacional apenas produjo y exhibió,
entre 1916 y 1929 unas noventa películas largas de ficción; su promedio
era pues de seis películas anuales, menos de una centésima parte de las
norteamericanas".[1]
Sin embargo, el dominio de Hollywood
en el mercado mundial hubo de replantearse una vez que la llegada del
sonido al cine era inminente. Desde los orígenes del cinematógrafo
algunos especialistas se abocaron infructuosamente a dotarlo de ruidos,
música, voces. Por otra parte, la cualidad silente del cine facilitó su
popularidad, pues a principios de siglo Estados Unidos era una nación
de inmigrantes, muchos de los cuales no hablaban inglés. El cine mudo
era, pues, un espectáculo que se podía acercar a cualquier persona, sin
importar el idioma que hablara. Esta también fue una de las claves que
permitió la exportación del cine estadunidense al resto del mundo.
Para 1926 se impusieron dos inventos
que le proporcionaban al cine de manera práctica voces y sonido: el
Vitaphone de la Warner y el Phonofilm de Lee de Forest. En 1926, con Don Juan, estelarizada por John Barrymore, y en 1927 con El cantante de jazz (The jazz singer), con Al Johnson, se formaliza el inicio del cine sonoro.
No es difícil imaginarse los
conflictos que generó esta nueva modalidad cinematográfica. El problema
se dividía en dos dimensiones. En la primera, se trataba de cambiar
veinte años del gusto y la formación cinematográfica de los diversos
públicos, acostumbrados al silencio y, ocasionalmente, al
acompañamiento en vivo de un piano o una orquesta. En la otra
dimensión, las implicaciones eran más riesgosas para los productores
cinematográficos, pues se trataba de los aspectos económico y
comercial.
En esta línea, el asunto más grave
para los productores de Hollywood se centraba en el dominio del mercado
mundial. El cine sonoro ponía una barrera idiomática entre la
producción estadunidense y el resto de los países que no hablaba
inglés. La supremacía mundial que había ganado Hollywood con el cine
silente se veía amenazada con la llegada del sonido. Otras industrias,
como la europea, aprovecharon esta coyuntura para recuperar terreno en
sus mercados naturales.
Los productores estadunidenses
practicaron, entonces, algunas fórmulas para defender sus trincheras
comerciales (para el mercado iberoamericano, por ejemplo, se doblaron
algunas películas). El método más curioso, por llamarlo de algún modo,
consistía en el rodaje de una misma película en diversas versiones,
según los lugares a donde se exportaría. Cuando se filmaba una cinta
que protagonizaban las estrellas de Hollywood, simultáneamente se
rodaba una versión en castellano (o en otro idioma) con actores cuya
lengua natural fuera éste. Este tipo de producciones se practicó varios
años -hasta 1940 aproximadamente- con irregulares resultados y en él
intervinieron actores como Ramón Novarro y Lupe Vélez.
Había un gran obstáculo para la
producción de estas versiones hispanas en Hollywood: el problema
consistía en conciliar los regionalismos argentinos, mexicanos, cubanos
o españoles para ofrecer filmes que se entendieran en cualquier sitio
hispano parlante. El caos empezó a carcomer este experimento.
De cualquier modo, el desconcierto que
generó en Hollywood la llegada del sonido al cine favoreció a México
para permitir que se crearan las condiciones para el nacimiento de una
industria cinematográfica bien establecida. Por otra parte, la llegada
al país en 1930 del célebre realizador soviético Serguei Eisenstein,
quien rodaría en el país su película inconclusa ¡Qué viva México!,
fue un motivo que alentó a los más entusiastas que creían en la
posibilidad de que surgiera en el país un industria de cine
independiente y original. Asimismo, el país avanzaba en el proceso de
estabilidad social y política, lo cual contribuyó para que algunos
empresarios fílmicos comenzaron a modelar lo que serían los primeros
cimientos sólidos de la industria. Esto entrañaba "la creación de una
base técnica y financiera que asegure la producción continuada, no
esporádica, de películas. Eso debió entender Juan de la Cruz Alarcón,
distribuidor en México de cine extranjero, cuando se puso al frente de
la nueva Compañía Nacional Productora de Películas asociado con Carlos
Noriega Hope, Rafael Ángel Frías, Gustavo Saénz de Sicilia y Eduardo de
la Barra".[2]
Para 1931, la Compañía Nacional Productora de Películas puso manos a la obra y filmó Santa, el primer filme sonoro del cine mexicano. Aunque antes de Santa se filmaron por lo menos ocho películas mexicanas sonorizadas entre largos y cortometrajes (como Dios y Ley, de Guillermo Calles, y El águila y el nopal,
de Miguel Contreras Torres, ambas de 1929), éstas emplearon una
tecnología rudimentaria y experimental con el sonido a base de discos
sincrónicos. Santa, en cambio, fue concebida como la primera
película realizada con sonido óptico (es decir, una banda sonora en la
misma película).
Pero al margen de esta cualidad técnica, Santa
se considera el parteaguas de la industria cinematográfica mexicana,
puesto que por vez primera habían convergido en ella esfuerzos, técnica
y recursos profesionales que demostraban capacidad para responder al
mercado y al gusto del gran público. Santa estaba basada en
una novela publicada en 1903 del escritor Federico Gamboa, que había
sido llevado ya a la pantalla en una versión silente de 1918. Para la
realización de Santa, se había traído de Hollywood al
director, Antonio Moreno, al fotógrafo, Alex Philips, y a los
protagonista, Lupita Tovar y Donald Reed. El sonido corrió a cargo de
los hermanos Joselito y Roberto Rodríguez (participó incluso el menor
de los hermanos Rodríguez, Ismael). La música era de Agustín Lara.
Tomaron parte en el reparto Carlos Orellana, Mimí Derba y Raúl de Anda,
entre otros. Asistieron al director Fernando de Fuentes y Ramón Peón.
Muchos de los que colaboraron en esta cinta tendrían un futuro notable
dentro del cine mexicano.
El éxito que alcanzó Santa en
su corrida comercial fue un catalizador para que muchos amateurs y
aficionados se animaran para introducirse en el cine de una manera más
seria y, sobre todo, fue el detonador que atrajo el interés de los
inversionistas nacionales. Por encima de los matices comerciales y
económicos, Santa es también importante puesto que, para bien
o para mal, en ella están trazados los primeros rasgos de uno de los
géneros favoritos del cine mexicano: el melodrama, que en muy poco
tiempo establecería un reinado que aún llega a nuestros días (si no lo
cree, encienda su televisor: prácticamente a cualquier hora podrá ver
una telenovela).
En los años siguientes, la Compañía
Nacional Productora de Películas sostuvo una producción incipiente.
Algunos empresarios se sumaron a esta nueva industria y el cine
mexicano tomó suficiente impulso para generar las mínimas condiciones
que garantizaran el funcionamiento continuo de los mecanismos de
producción, distribución y exhibición.
En 1932 el cine mexicano empezaba a
definirse temáticamente según las inquietudes que había heredado la
sociedad de la lucha armada. El saldo de la guerra había dejado un país
no muy distinto al de principios de siglo, pero con mayores retos y
desafíos que encarar, sobre todo aquéllos en los que tenía que ver la
pacificación, la unidad de los diversos grupos sociales y la misión de
cumplir o aparentar cumplir con las improvisadas promesas de justicia
concebidas durante los difíciles años revolucionarios. Las condiciones
estaban dadas, pues, para que un nacionalismo férreo permeara las
actividades políticas, ideológicas, y culturales del país. Sin embargo,
el fenómeno era muy complejo, pues por encima del folclorismo y las
expresiones desaforadas de chauvinismo mexicano, seguía existiendo
pugna de clases y de razas. El país cruzaba por un periodo en que sus
diversas órbitas sociales se estaban reacomodando, de acuerdo a un
nuevo contrato social que emanaba de un Estado creciente en su radio de
influencia, y que estaba articulando su poder a través del
fortalecimiento o la formación de sus instituciones. Respecto del cine,
estas tendencias se reflejaron en cuatro corrientes nacionalistas: el
nacionalismo "cosmopolita", el costumbrismo en sus dos modalidades,
romántico y realista, la que buscaba inspiración en la historia
nacional, y el paisajismo.
En este escenario, el presidente Ortiz
Rubio instauró ciertas medidas proteccionistas con el fin de activar la
industria cinematográfica en ciernes. " A raíz de la Campaña
Nacionalista, el presidente de la República, ingeniero Pascual Ortiz
Rubio, como un acto de apoyo a dicha Campaña y para estimular el
surgimiento de la industria cinematográfica nacional, elevó los
aranceles de importación a los filmes extranjeros en julio de 1931; al
cabo de tres meses, la exhibición cinematográfica estaba en crisis,
pues los norteamericanos, que surtían el 90% de la mercancía, se
negaron a pagar un centavo más de impuestos y suspendieron la remisión
de películas. Los propietarios de cines de la República se reunieron en
la Ciudad de México en octubre de 1931 para discutir su problema; por
unanimidad estaban de acuerdo en exhibir películas mexicanas pero
¿dónde estaban? El promedio , en los últimos años, había sido de dos o
tres cintas anuales de baja calidad, cantidad verdaderamente ridícula
para un consumo que superaba los 600 títulos anuales. Así pues, el
Estado protegía a una industria antes de que naciera".[3]
Esa política proteccionista no sirvió
de nada. Los intereses económicos que los inversionistas de Hollywood
tenían en México fueron instrumento suficiente para que, con un poco de
presión, esta iniciativa presidencial se echara para atrás. No
obstante, se percibió cierto relajamiento de la dependencia comercial
con Estados Unidos a raíz de la recesión económica que sufrió ese país
por esos mismos años. Esa crisis había afectado de igual manera al
modelo económico primario exportador de México, lo cual obligó a crear
algunos cauces que permitieran iniciar una naciente industrialización.
En esta coyuntura, fue posible desahogar el flujo creciente que
comenzaba a tener la cinematografía nacional.
Si en 1932 se habían realizado seis
películas de largometraje, las veintiuna que se rodaron al año
siguiente revelaban un despunte francamente optimista. En el aspecto
temático, la producción fue tan disímil que películas como El prisionero trece y El compadre Mendoza, compartían cartelera con La mujer del puerto y Juárez y Maximiliano.
Estas cintas advertían, como arriba se señala, las tendencias
argumentales del nacionalismo que guiaron al cine de aquella época y
que además brindaban indicios de los cerrojos o las rutas que la
cinematografía nacional se impondría o seguiría casi religiosamente en
el futuro.
El compadre Mendoza, de
Fernando de Fuentes, fue un caso especial dentro del cine mexicano. Se
trata de un relato de ambiente revolucionario que narra las argucias de
un hacendado, Mendoza, para lucrar con la confusión de la guerra y
quedar bien con uno u otro bando. En una ocasión, Mendoza es
sorprendido por los zapatistas durante un banquete en su hacienda
concurrido por soldados federales. A punto de ser ajusticiado, Mendoza
se salva gracias a que interviene un jefe revolucionario, Felipe Nieto.
A raíz de ello, ambos entablan una entrañable amistad que se consolida
cuando el hacendado lo hace su compadre. En adelante, Nieto frecuenta
asiduamente la hacienda de Mendoza y se encariña con la mujer y el hijo
de éste. No obstante, unos malos negocios meten en apuros al hacendado
quien, inducido por los federales, decide entregar a su compadre a
cambio de una jugosa recompensa. Con un argumento de Mauricio
Magdaleno, que así iniciaba su brillante incursión en el cine mexicano,
De Fuentes logró en El compadre Mendoza, una narración muy
depurada, con una estética vanguardista para su momento y una gran
fuerza dramática. Sin embargo, fue muy mal recibida en aquel entonces,
en gran medida por que planteaba una concepción mordaz de la revolución
mexicana (como posteriormente lo expresaría Vámonos con Pancho Villa, también
de De Fuentes), que ponía al descubierto conflictos desoncertante e
invitaba a una punzante reflexión que seguramente era prematura para la
sociedad de aquella época.
La mujer del puerto, a diferencia de El compadre Mendoza,
fue ovacionada por el público e incluso mereció buenos comentarios de
la crítica especializada, a grado tal que llegó a considerarse la
primera gran película del cine mexicano. Se trata de un melodrama que
narra la tragedia de una mujer, Rosario, que ha sido empujada a la
prostitución por una catarata de desgracias. En un cabaretucho conoce a
un marino, Alberto, recién llegado al puerto. Tras algunos incidencias
hacen el amor, pero su disfrute se desploma cuando descubren
dramáticamente que son hermanos. Desesperada, ella se arroja al mar sin
que él pueda evitarlo.
Aunque su fórmula es ciertamente
esquemática y su relato irregular, este melodrama tuvo a bien contar en
su reparto con Andrea Palma, quien pudo transmitir una imagen
seductoramente frívola y trágica al mismo tiempo. Por otra parte, los
excesos del relato se resarcían por un tono discursivo implícito en el
mismo, lo que ante los ojos de la censura lo hacían permisible: el
castigo a los pecadores ponía un punto final que si no edificaba, sí
amenazaba a las ovejas descarriadas. El éxito de La mujer del puerto residió en el gusto por los asuntos truculentos que el gran público empezaba a cultivar abiertamente.
Para esos momentos, el cine no sólo se
ha consolidado como un fenómeno de masas, sino que también se consolidó
como el espejo en el que las diversas esferas sociales se encuentran y
hallan desahogos. "El cine sonoro, de inmediato, se vuelve el gran
interlocutor de la sociedad" -deduce Monsiváis. "A partir de 1932, con
el melodrama Más fuerte que el deber, el cine es el mayor
estímulo social (después del empleo, la vivienda y la familia), y toma
la estafeta de la democratización cultural, en donde la habían dejado
la poesía y el teatro popular. [...] El país se industrializa, y el
cine informa de algunas ventajas del anonimato urbano (sociales,
sexuales). Mientras la alta cultura se restringe a cien mil
elegidos de la capital y capillas adyacentes en provincia, el cine y la
radio preparan el tránsito a lo plenamente urbano. para ello, la idea
de la diversión autoriza la difamación de la realidad (el campo de las
comedias rancheras es de cuento de hadas; los campesinos entusiasmados
con el género lo saben, y no se incomodan), se convierte el
entretenimiento en filosofía de la vida, y se canjea la épica de la
historia por la épica rebajada y fantástica que complementan las risas
y lágrimas de los domingos por la tarde".[4]
Por otra parte, la tendencia
ideológica del nuevo gobierno de Lázaro Cárdenas, proporcionó otros
tonos al cine mexicano. "El espíritu de la izquierda, que tendía a
conciliar la exaltación del nacionalismo y la del indigenismo en el contenido social y con las condiciones marginales de producción, propició el financiamiento de Redes por una dependencia del gobierno, la Secretaría de Educación Pública, y algo aleteó en las realizaciones de Rebelión y Janitzio. También auspició el gobierno la realización de Humanidad, un corto que mereció el elogio del pintor Diego Rivera, visto ya como un campeón marxista del nacionalismo".[5]
El gobierno del general Lázaro
Cárdenas fue la piedra angular del sistema político mexicano que aún
sobrevive. Cárdenas era el cuarto presidente impuesto por el Jefe
Máximo de la Revolución, Plutarco Elías Calles. Sin embargo, apenas al
asumir el poder, Cárdenas rompió con Calles y eso significó un giro de
tuerca para la circunstancia política del país. Calles salió exiliado
de México y Cárdenas inició una transición política y social orientada
hacia un populismo de conciliación de clases en detrimento del poder
monolítico del Ejército y de los feudos que habían sobrevivido a la
revolución. El antiguo Partido Nacional Revolucionario cambió su nombre
por el de la Revolución Mexicana, en el cual se aglutinaban los
sectores militares, obreros, campesinos y populares a través de
organizaciones de amplio alcance como la Confederación de los
Trabajadores de México (CTM). El corporativismo fue el mecanismo por el
cual se coptaron las mayorías políticas y sociales y a través del cual
se ejecutó una estrategia nacionalista que buscaba conciliar los
intereses de los distintos grupos productivos del país para lograr un
desarrollo compartido. Estas premisas quedaron grabadas en lo que sería
el Primer Plan Sexenal, el fundamento teórico que sostendría a las
acciones del Estado y que en lo sucesivo sería imitado, modificado o
perfeccionado por los siguientes gobernantes.
Eran momentos de grandes movimientos
sociales, de intensas actividades organizativas, de búsqueda entre los
diversos sectores productivos del país para participar, o suponer
participar, del poder. Así por ejemplo, también en 1934, se constituyó
la Unión de Trabajadores de Estudios Cinematográficos de México
(UTECM), que formaba parte del Sindicato de Trabajadores de la
Industria Cinematográfica, la cual estaba afiliada a la CTM, cuyo
objeto era establecer reglas laborales con los productores e
inversionistas cinematográficos. "Ese mismo año (1934) queda
constituida la Federación de Trabajadores de la Industria
Cinematográfica, que agrupó a individuos y sindicatos de toda la
república y asimismo se forma la Asociación Nacional de Actores (ANDA).
Son los dos pilares que habrían de soportar el desenvolvimiento
progresivo de nuestra industria fílmica, cuya legislación oficial
quedará prevista en la Reforma Constitucional al artículo 73, fracción
10, decretada en 1935".[6]
En 1934 la producción se mantuvo
creciente (25 filmes) en relación al año anterior y México alcanzó la
cima como mayor productor del cine en castellano, por arriba de España
y Argentina. Eso era un buen síntoma de la salud de la cinematografía
nacional, que al año siguiente continuaría con su carrera ascendente.
En 1935 ocurrieron dos hechos significativos: por una parte, la
fundación de la compañía Cinematográfica Latinoamericana S.A. (CLASA) y
por otra, la realización de la cinta Vámonos con Pancho Villa,
primera película de dicha empresa. Sobre CLASA se presume la existencia
de una inversión oficial para su funcionamiento. Al respecto, Emilio
García Riera relata: "Que la CLASA estuviera encabezada por el
ingeniero Alberto J. Pani, que había ocupado altos puestos
gubernamentales (fue ministro de Industria y Hacienda en el gobierno de
Carranza y de Hacienda en el de Calles) y que el gobierno del general
Lázaro Cárdenas aportara a la producción de Vámonos con Pancho Villa
un ferrocarril, un regimiento de tropa, municiones, piezas de
artillería, uniformes, caballada y asesoramiento militar, hizo suponer
un fuerte apoyo estatal a la nueva compañía. Ese apoyo, sin embargo, no
se tradujo en una producción directamente estatal".[7]
Sobre la película Vámonos con Pancho Villa,
de Fernando de Fuentes, además de las virtudes del relato, de su
notable narrativa y estética, hay qué señalar su importancia como un
documento muy valioso que reflexionaba tempranamente sobre el mito de
los caudillos revolucionarios y los estragos de la guerra. Vámonos con Pancho Villa, así como la siguiente cinta dirigida por Fernando de Fuentes, Las mujeres mandan
(ambas producidas por CLASA) fueron verdaderos fracasos en taquilla. Ni
siquiera el apoyo oficial que recibió esta empresa fue suficiente para
favorecer su crecimiento y mucho menos para imponer sus películas en el
gusto de los espectadores.
Vámonos con Pancho Villa
estableció el precedente para que el Estado cardenista asumiera mayor
participación en los quehaceres cinematográficos. En 1935, el
presidente Cárdenas decretó una encomienda en la que el gobierno
federal quedaba obligado a apoyar en lo posible a la industria fílmica
nacional. Los primeros proyectos que pusieron en marcha dicho respaldo
fueron tres realizaciones de ese mismo año: Rosario, ¿Qué hago con la criatura? y Más allá de la muerte,
producidas por cooperativas. No obstante, los resultados de estos
primeros experimentos cooperativistas fueron desastrosos, a grado tal
que este tipo de producciones no progresarían en lo que restaba al
sexenio.
Para completar las medidas oficiales
urdidas para la protección del cine nacional, en ese mismo año, el
gobierno cardenista expidió un decreto en el cual se exceptuaba, a los
productores mexicanos, del pago del 6% del impuesto sobre la renta.
El apoyo oficial al cine mexicano
trató de ampliar su margen de acción dentro de la producción
cinematográfica. En este sentido, no fue casual el hecho de que el
partido en el poder, el Nacional Revolucionario, incursionara en la
producción financiando un filme de propaganda, Judas, una
relato de corte revolucionario y agrarista que pretendía difundir entre
las masas el discurso adoctrinante del cardenismo. No obstante, estos
ensayos de cine de propaganda no obtuvieron ninguna respuesta
significativa por parte de las masas, y quedaron para la posteridad más
bien como meras curiosidades. Durante esta época, en términos
generales, la participación del Estado en la producción, directa o
indirectamente, se vio truncada debido a que no encontró acomodo en una
sociedad que veía al cine fundamentalmente como un divertimento y como
una fortaleza donde se podía resguardar de las inclemencias cotidianas.
"Así, los esfuerzos oficiales en el cine, por vía del apoyo a CLASA y
de la experiencia frustrada del PNR, tropezaron con un público añorante
de haciendas idílicas (y utópicas), el público que se entusiasmó con Rancho grande desde su estreno en el lujoso cine Alameda, inaugurado en 1936 por su dueño, el magnate Emilio Azcárraga". [8]
[1] GARCIA RIERA, Emilio HISTORIA DOCUMENTAL DEL CINE MEXICANO. UdeG, CNCA, IMCINE, México 1992. Vol. 1. p. 11
[2] GARCIA RIERA, Emilio. HISTORIA... Op.Cit., Vol. 1. p. 48
[3] DE LOS REYES, Aurelio. MEDIO SIGLO... Op. Cit.,, p. 118
[4] MONSIVAIS, Carlos; BONFIL, Carlos. A TRAVES..., Op. cit. p. 91
[5] GARCIA RIERA, Emilio. HISTORIA... Op.Cit., Vol. 1. p. 120
[6] AYALA Blanco, Jorge. Op. Cit.p 504
[7] GARCIA RIERA, Emilio. HISTORIA... Op.Cit., Vol. 1. p. 163
Julio Jasso
2006-12-11 00:00:00
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