Por César De la Rosa Anaya.

“Cada pasajero de ese tren va con la misma intención, quieren recuperar las memorias perdidas… Pero nadie sabe realmente si eso es verdad o no, porque nadie ha vuelto nunca”

Kar-Wai Wong. “2046”


2046:  Mi experiencia dentro de “Le Giornate del Cinema Muto”

Ahora bien, después de haber dado un panorama general y personal (en mi anterior texto) sobre el festival de cine silente que se lleva a cabo cada año (desde 1982) en el mes de octubre, el presente texto hablará sobre mi experiencia dentro del mismo en las ediciones de 2013 y 2014.

El programa de cada año en Pordenone siempre es motivo de largas pláticas y reflexiones encontradas. A veces la selección de películas puede ser aplaudida por algunos u otras veces puede parecer ya muy visto para otros, pero siempre con un contenido muy variado y único. Los materiales presentados pueden ir desde colecciones de la Pathé, Gaumont o la Keystone, pasando por proyecciones de clásicos de la época con Harold Lloyd, Buster Keaton, Douglas Fairbanks, Louise Brooks, entre muchos otros, llegando también a presentar ciclos filmográficos de regiones como la ex Unión Soviética, Oriente Medio, América Latina y por supuesto de la misma región del Friuli. O también películas de autor de grandes directores como Fritz Lang, F.W. Murnau, Carl T. Dreyer, Cecil B. DeMille o George Méliès, sólo por mencionar algunos. Pero el punto es que durante mis días durante el festival pude ver tanta variedad de películas silentes como jamás me hubiera imaginado. La gran mayoría dentro del majestuoso e histórico Teatro “Giuseppe Verdi” en el centro de Pordenone. 

Lamentablemente no pude asistir a tantas funciones como hubiera querido debido a que (como en todo viaje) tenía que hacer pausas para ir a comer, salir a tomar aire y conocer un poco la región. Además de asistir a clases diarias del “Collegium” al cual tuve la oportunidad de formar parte durante esos dos años. Sin embargo, aunque no fueron muchas, las funciones a las que logré asistir fueron descubrimiento tras descubrimiento de memorias fílmicas que se creían perdidas, o estaban en un completo olvido o con difícil acceso (al menos para mí). Así como también el redescubrimiento (en pantalla grande) de grandes clásicos de esa época. Obras fílmicas que en este festival se pueden visitar casi de forma similar a la de sus estrenos. Un par de ejemplos de lo anterior fue disfrutar en pantalla grande y con musicalización en vivo de las restauraciones (hechas por el Laboratorio de Restauración Digital de la Cineteca Nacional de México) de “El Automóvil Gris” (Enrique Rosas, 1919) y de los materiales de la Revolución Mexicana de la colección AFI (Charles Pryor, 1912-15).

Sumado a lo anterior, estas funciones fueron para mí una forma de acercarme a la experiencia de cine vivida por espectadores de aquellas épocas. En efecto, la sensación que me dio el estar dentro del teatro Verdi con esa arquitectura de inicios del siglo pasado, con ese silencio total antes de que la función comience, con esa gran calidad de imagen, con ese excelso acompañamiento musical y dentro de un ambiente puramente cinéfilo –muchas veces- me hicieron sentir que había viajado atrás en el tiempo a los años en que estas películas fueron estrenadas y experimentar –de alguna forma- lo que aquellas audiencias experimentaron, además de llevarme también a revivir esa sensación cuando iba al cine de niño. Por supuesto que no puedo hablar en nombre de los muertos de esa época y decir que ellos experimentaban el cine tal y como se vive el cine dentro del LGCM, pero sí puedo decir que las emociones y reacciones tanto mías como las del resto del público en Pordenone son de inmersión en un ambiente cinemático del pasado y donde pareciera que “nada ha cambiado”. Muy distinto al que se puede vivir dentro de una sala de alguna cadena de cines, o en algún cine club de lo más especializado y por supuesto más distinto que verlo desde casa con un Blu-Ray o en alguna plataforma de “video streaming”. En gran parte porque la dinámica dentro de la sala es de respeto a la experiencia de espectador, parecida al teatro, donde una vez comenzada la función el personal de la sala cierra las puertas para solamente dejar salir, pero no dejar entrar. Donde no se puede hablar o murmurar, ni estar comiendo, porque de lo contrario se acercan a uno para pedir guardar silencio o incluso que uno se retire. Detalles que desafortunadamente hoy en día es casi imposible presenciar en cualquier otra sala, pues no parecieran de gran importancia pero que se vuelven elementos cruciales para que se pueda disfrutar del todo una película.

Claro, dicha experiencia no es apta para todo público, ya que para algunas personas esta sensación de inmersión al pasado se les hacía cansada, aburrida y hasta somnolienta. Inclusive para mí, pues tuve que evitar caer dormido varias veces cuando veía a otros al lado mío durmiendo. Creo que mucho se debe a que estamos tan acostumbrados a las experiencias de la industria hollywoodense donde todo el tiempo es presenciar fuertes sonidos o muchos efectos especiales o quizá a que comer o hablar durante las funciones es permisible. Pero cuando nos enfrentamos a nuevas o antiguas formas de vivir el cine, pues no a todos les termina de agradar. Pero a pesar de esto, fue sorprendente encontrar a tantos amantes, estudiantes, investigadores y expertos del cine silente y el cine en general. No sólo dentro de la sala de la Verdi, sino también convivir con ellos fuera de la misma en restaurantes, heladerías o en calles del centro de Pordenone. Quizá el principal punto de encuentro siempre es el Bar Posta Pordenone, justo enfrente del Teatro, un lugar que más allá de ser únicamente de encuentro social cada noche se convierte en un generador de experiencias e ideas surgidas dentro del festival, que desembocan en nuevos proyectos e investigaciones en el quehacer del cine silente dentro de los acervos fílmicos.

   

Alguna vez vi una película de Wong Kar-Wai donde se cuenta la historia de un misterioso tren que de vez en cuando parte a un lugar donde nada nunca cambia y todo permanece igual, pero que nadie está seguro si eso sea cierto, porque nadie ha logrado regresar: el 2046 [1]. Desde hace poco no he dejado de pensar que quizá los festivales como Le Giornate del Cinema Muto son como una forma del 2046, lugares o espacios para recuperar experiencias y memorias perdidas del pasado y congeladas en celuloide.

Por supuesto, todas las experiencias dentro del teatro Verdi fueron meras evocaciones creadas por el ambiente dentro de la sala, puesto que las verdaderas experiencias vividas por los espectadores de esa época, en esos estrenos y con las cintas originales nunca se podrán replicar ni recuperarse del todo. Esos momentos son irrepetibles porque fueron exclusivos de un momento particular de la historia del cine. Y visto que –por el momento- no existe una forma probada de revivir a los espectadores de esas épocas ni tampoco de viajar atrás en el tiempo para presenciar en carne propia las experiencias cinematográficas por parte de las primeras audiencias del cine silente, sólo podemos investigar, estudiar y hacer conjeturas sobre dichos momentos. Evocaciones de un cine del pasado que nuestros abuelos, bisabuelos o tatarabuelos experimentaron, y que nos encanta revivir en su nombre, como una forma de recuperar memorias de un pasado en el que nunca vivimos. Pero jamás sabremos si realmente logramos recuperar dichas memorias porque nadie ha podido regresar con ellas.

 

Referencias

Kar-Wai Wong. “2046”. Block 2 Pictures & Jet Tone Productions. Hong Kong. 2004

Varios Autores. La Historia del Cine, Blume. Barcelona. 2009. pp. 10-42.

Nota,

[1] “2046” (Hong-Kong-China-Francia-Italia-Alemania, 2004, de Wong Kar-Wai).

*Las fotos que acompañan el presente artículo se incluyen únicamente como apoyo al contenido del texto, cuyo cometido es de difusión cultural, sin fines de lucro.